Desde pequeña descubrí que había algo especial en mí: un amor profundo por los colores, las formas y la creación artística. Con el paso del tiempo comprendí que no era solo una afición, sino un talento que Dios sembró en mi corazón. Pintar se convirtió en una manera de expresar lo que a veces las palabras no alcanzan a decir, y también en una forma de honrar el don que Él me dio.
Cada trazo, cada mezcla de color, es una oración silenciosa, una forma de agradecer y de compartir un pedacito del propósito que Dios ha puesto en mi vida. Creo firmemente que cuando usamos los talentos que Dios nos da, no solo crecemos nosotros, sino que también tocamos las vidas de otros. Por eso, sigo pintando, con fe, con amor y con gratitud.