Colección: Santiago Tostado
Santiago Tostado
El bronce, ese metal denso y resistente, ha sido testigo de siglos de historia. Su dureza no lo hace inmune al tiempo: se transforma, cambia su piel y adquiere nuevas tonalidades, pero sigue ahí. Estas esculturas existen en esa misma paradoja, la de lo sólido que se puede moldear, la de lo inmutable que sigue evolucionando.
Aquí, el bronce cuenta algo más que su propia historia. Es el reflejo de lo humano, de lo que se repite, de lo que no se quiere soltar. Pereza, avaricia y lujuria. Tres maneras de quedarse atrapado en patrones que no dejan avanzar. No son simples defectos, son formas de vivir sin moverse, de existir sin cambiar, de querer sin nunca alcanzar. Y cuando uno se detiene a observar, quizá se dé cuenta de que esas mismas trampas están más cerca de lo que imaginaba.
Nada en estas piezas es casualidad. Cada color, cada material, cada gesto tiene una razón de ser. El bronce verde azulado es la memoria que pesa, el pasado que se aferra y no deja ver el presente. El bronce rojizo es el deseo que no se sacia, la búsqueda de más sin saber exactamente qué. El bronce clásico es la estabilidad que se convierte en un encierro, la rutina disfrazada de seguridad.
Las manos, cerradas en su avaricia, no están solas: son tres, y aunque distintas, comparten el mismo impulso. Una se aferra a lo que ya no existe, otra desea más de lo que puede contener, y la tercera cree tenerlo todo bajo control. Azul, rojo y marrón: tres formas de retener, tres maneras de no soltar. No colaboran, no se liberan. Solo insisten. Porque la avaricia no cambia. Solo se repite.
Pero el bronce no está solo. Cada escultura tiene su propio fundamento, su propia base.
Los pies se sostienen sobre mármol blanco puro, un material que simboliza la pureza y la permanencia, pero que también puede ser una prisión cuando se convierte en un lugar del que no se quiere salir. Las manos, cerradas en su avaricia, descansan sobre la misma piedra, en un contraste entre la rigidez del mármol y la tensión del bronce. Mientras tanto, los ojos, atrapados en su propia obsesión, no flotan en el vacío. Están enmarcados en granito, un material impenetrable que los contiene, los encierra, los deja mirar sin poder moverse. No solo observan, están atrapados en su propia mirada.
Estas no son solo esculturas, son elecciones.
Los pies pueden moverse, pero el clavo sigue ahí. ¿Hasta cuándo se puede estar inmóvil sin que pese más que el camino? Las manos pueden abrirse, pero prefieren cerrarse. ¿Qué tanto se puede sostener sin perder lo que realmente importa? Los ojos pueden apartarse, pero no lo hacen. ¿Cuánto se puede observar antes de darse cuenta de que nunca fue suficiente?
No hay respuestas. Solo piezas que muestran lo que cada quien está dispuesto a ver
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